ALGUNOS PENSAMIENTOS DEL AÑO 1975
S A L
Vino ella y la amé, y nos amamos
en la playa desierta.
Pero el reflujo se la llevó mar adentro,
devolviéndola a las profundidades,
dejándome tan sólo el regusto de sal.
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Vino ella y la amé, y nos amamos
en la playa desierta.
Pero el reflujo se la llevó mar adentro,
devolviéndola a las profundidades,
dejándome tan sólo el regusto de sal.
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Las presiones de las fuerzas desparejas que gobiernan el mundo desde adentro, como golpes dados con un martillo forrado con un paño grueso, se denominan Fundamentos Éticos de la Democracia.
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Extraños pájaros negros giraban en el viento frío de la costa pedregosa y árida. Ella estiraba su largo cuerpo azul, amamantando al mar de múltiples bocas. Sólo rió una vez; fue para agradecer la semilla que deposité en su vientre.
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Las armas entrechocaban con ruidos secos de crepitar de madera antigua, con ruido de incendio que destruye valiosas colecciones. Los lhombres estaban hechios todos de miga de pan. Algunos se deshacían solos; estaban secos.
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Había poesía, sí... pero había muerte.
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Las fuerzas del General marchaban con numerosos pies y una sola cabeza. Llevaban botas sólidas en los pies, y el corazón en el morral, a la espalda. Producían un ruido similar a una estampida de chivos.
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Los primeros aviones salieron de noche. Enormes murciélagos de orejas sedosas y ojos brillantes. Uno rojo, uno verde, uno rojo, uno verde. Martín pensó en la Aeroposta Argentina. Aquellos eran aviones más viejos. Eran murciélagos de paz, en un cielo frío, azul oscuro, profundo, con estrellas fijas.
Ahora comprendía la soledad. La soledad no se comprende sino cuando se compara. A veces se está tan acompañado con uno mismo, que no hay tiempo para estar solo. A veces los lrecuerdos o las culpas nos golpean tanto con sus manos blandas y heladas, que el pecho nos queda tiritando, mientras calculamos cuánto duraríamos si les abriéramos la puerta y entraran en tropel, como pirañas, como pequeñísimas hienas azules, para devorarnos el corazón.
Sí, el corazón, porque elos gustan de las cosas amargas.
Las antenas del campo de aviación de General Pacheco estaban mudas. Falos metálicos, angostas torres de unos pozos de petróleo siempre secos, llevando en sí un mundo de palabras. Esta vez de ellas dependería la resolución de la contienda. Leales, rebeldes, palabras y más palabras. Todos argentinos. ¡La Gran Puta! Ahora las torres estaban mudas.
(c) Setiembre 1975
